y las raíces del amor
a merced de los vientos se me quedan.
Tejo un abrigo de memorias,
desesperado intento
de arroparlas y conservar su vida,
pero ellas son un grito permanente
que rompe luna y madrugada
TEXTOS DE JAVIER BUENO (Un Blog de la Plataforma Cultural "RAÍCES DE PAPEL")

Foto: http://cinefiloenmascarado.com
La Navidad de Chencho
Hoy he pasado por la Plaza Mayor de Madrid, he soñado en blanco y negro y han vuelto las imágenes de ese abuelo gritando con desesperación el nombre de su pequeño nieto perdido, ¡Chencho!… ¡Chencho!
El inolvidable Pepe Isbert con su particular voz, nos metía el corazón en un puño, contagiándonos su angustia. Luego en el reencuentro con el pequeño, respirábamos todos tranquilos y volvíamos a retomar el turrón y la zanbomba con toda la familia y el padrino (José Luis López Vázquez), que este año tampoco podrá asistir a la cena de Navidad.
De pronto desperté por los gritos de la "bulla", esa masa enloquecida cuyo fin no es disfrutar ni conmemorar nada. Atados a su primitivismo cavernario, su fin es beber, armar ruido y molestar a todo el mundo. Se colocan pelucas de color "pito verbena" o cuernos de alce luminosos, y lo invaden todo de forma compulsiva, sin importarles si es Navidad o Carnaval.
Hartos de si mismos, la emprenden con cualquier retrovisor, o los sufridos cubos de la basura que patean y vuelcan su contenido. Todo ha cambiado mucho, demasiado… falta tiempo para no sabemos que y sobran muchas sillas en la mesa de Navidad. Y siento que Chencho, soy yo.
Javier Bueno


Siempre estarás en cada momento:
En los que no se olvidan, en los más amargos, y en los más dulces...
De niño construía cometas, con tus hilos de colores, sin saber que el viento puede ser vendaval, y nos arrastra hacia lo invisible.
Quiero volver a ser niño y revivir las dulces tardes de batidos de fresa y sueños en Technicolor, de sesión continua, para ver una y otra vez la película de nuestras vidas
Saltar sobre las olas con las sandalias transparentes, y llenar el cubo de sonrisas y nácar.
Pisar el Mediterráneo, esperando al capitán que viene de blanco
desde el séptimo cielo en su corcel de nubes para trotar sin parar sobre las espuma de los días.
No me gusta el albero salpicado de sangre, pero si los caballos
con coronas de helechos.
Va cayendo la tarde, la gris, la que dobla las espaldas y empuja las agujas contra la piel desnuda, la que deja sin norte a todas las brújulas, la que nos seca la garganta y apergamina los labios, sedientos de tan solo una gota de ánimo.
Soledad sobre el lecho, sobre el fondo de armario, donde reposa tu abrigo sabedor del desguace.
Es como mirar al cielo esperando la lluvia
Sin saber que la lluvia mana de tus ojos.
Es tiempo de sequía, de mirar a lo alto.






Hacía mucho tiempo que no visitaba a la tía Emilia en Medinaceli (Soria) . Siempre la recordaré con su excelente humor y la sonrisa florecida en su rostro. De niño, recuerdo que cuando venía a Madrid (a comprarse ropa en "Vestimenta" como ella decía), era todo un acontecimiento familiar. A mi particularmente me suponía una buena propinilla, y un par de cines extras en el corto tiempo que pasaba con nosotros. Aquellos días, se transformaban en un peregrinaje de tienda en tienda buscando los vestiditos para la tía.
Ese es muy “mono”, el otro te tira de las sisas, el marrón no, que se parece a uno que tiene la Pascualina. El verde poniéndole unas tiritas de pasamanería de las que venden en Pontejos, estaría precioso. Este era más o menos el lenguaje de mi particular “safari textil”. Lo de las compras no me gustaba mucho, menudo tostón. Pero al final, tenía siempre mi premio. Unas tortitas con nata o unos cuantos tebeos compensaban las esperas de probador en probador. Pero hacía mucho tiempo de aquello. Pronto volvería a ver a la tía, que en realidad era prima hermana de mi padre.
Unos amigos me animaron para hacer una excursión, con motivo de las fiestas del “Toro Jubilo” , un rito ancestral de tortura a un animal, consistente en la colocación de bolas de alquitrán en las astas del toro. Posteriormente, el animal es embarrado por todo el cuerpo para que las gotas de la pez incandescente no le lastimen ¡Todo un detalle!
Luego se prende fuego a las bolas y el morlaco, aterrado por las llamas , corre despavorido sin saber en qué dirección por la improvisada plaza, donde los jóvenes “más valientes”, corren delante o detrás hostigándole. Esta fiesta se complementa con “El paso del fuego”, que realizan algunos expertos del también pueblo soriano de San Pedro Manrique. Sobre un par de metros de brasas , caminan llevando ( a caballito) a otro compañero.
Llegamos al pueblo de Medinaceli en una fría mañana de la mitad de noviembre. La tía Emilia, como siempre, nos recibió con su mejor sonrisa.
Dimos una vuelta por el pueblo recordando la niñez. Visitamos el arco romano donde hacía ya treinta años, otro fuego más pacífico, el de la antorcha olímpica de Méjico 68, descansó en tierras sorianas, y que pude vivir en directo gracias a mis tíos Enrique y María Luisa. Recorrí los cerros por donde la leyenda cuenta que Almanzor enterró un gran tesoro.
Degustamos los dulces del convento de las monjas, y vimos la fabricación de sus magníficas alfombras de nudo hechas a mano.
Llegó la hora del festejo y lo contemplé con dolor y vergüenza. Miraba a la gente gritando y bebiendo, portaban antorchas de paja y parecía una estampa ancestral. A mi tía no le gustaba mucho, pero al verlo todos los años desde niña, le parecía algo imprescindible.
El toro arremetía contra las tablas y las gotas incandescentes bañaban su lomo, cuanto más corría, más se avivaba el fuego. Sus mugidos eran gritos de pavor. Al final el fuego se apagó, y el animal se desplomó exhausto en un rincón. Las antorchas y el aguardiente también se fueron consumiendo. Y la noche se hizo ceniza ...



LA VERDERONA
La vi por la calle de Montera, caminando por la acera con destino al “más allá”
Amanecía una templada mañana de abril de 1969 sobre la isla de Mallorca. Las esfinges del Paseo del Borne de Palma agradecían sobre sus pétreos lomos los primeros rayos de sol. Los sillones de mimbre de la cafetería Antonio invitaban al reposo, y a comenzar el día con un buen café con leche y una crujiente y templada ensaimada como sólo allí puedes disfrutar. Y así comenzó el día, en toda regla, con un flamante desayuno. Era delicioso sentir los tibios rayos de sol tempraneros, y ver cómo poco a poco se desperezaba la ciudad, llenándose el paseo de transeúntes y cantos de pájaros. Estaba en viaje de trabajo, pero había llegado anticipadamente para disfrutar del fin de semana en la isla. Me alojaba en un pequeño hotel de la calle Jaime III., que se asomaba a los típicos soportales. Por fin llegó mi desayuno, aromatizado por la recién horneada ensaimada. Me disponía a cortarla, cuando una cálida y sensual voz me dijo:
Levanté la vista y allí estaba ella, no se como describirla ¿Rita Hayworth? No, no se parecía a ella. Pero creo que sentí la misma sensación que Glenn Ford cuando la vio por primera vez en Gilda. Pelo largo castaño claro con tonos dorados, un vestido de distintas tonalidades verdes, y falda con vuelo en varias capas. Su cuerpo de perfectas proporciones, no excesivamente bronceado, daba realce a unos ojos verdes ensoñadores. Sus delicados pies, se refugiaban en unas pequeñas sandalias plateadas, que dejaban asomar unos frágiles dedos cuyas uñas estaban pintadas de un chocante verde esmeralda. El pecho no era muy grande, pero reclamaba su protagonismo a través del amplio escote.
Pero de momento, me conformé con invitarla a desayunar. Hablaba y hablaba sin parar. Yo la miraba embelesado con la punta de la nariz blanca del azúcar “glass” de la ensaimada, ella en un momento de su animado monólogo, mojó su dedo en saliva y lo pasó por mi nariz para luego llevarlo a su boca.
Verderona rió de una forma muy sensual, Enrique tomó sus manos y se fijó en un pequeño anillo con una esmeralda que llevaba en la mano derecha. Mirándola profundamente a los ojos, le dijo
Ella respondió:
Acordaron verse por la tarde en el hotel donde se alojaba Enrique. Verderona debía fichar en cierta manera, y cambiarse de ropa. También quería tomar una ducha que la liberara de caricias y risas ajenas.
Serían las seis de la tarde cuando ella atravesó el pequeño hall del hotel, cortando el aire como con una espada de lilas. Sus zapatos verdes acharolados, de fino tacón, se hundían en la mullida alfombra de nudo. Llegó al bar y pidió al camarero un “Pipermín Frappé”, al servirle la copa la miró con deleite, recorriendo con la punta de la lengua el borde y arrastrando el azúcar que tenía pegada.
Al verla sentada con otro vestido verde sobre aquel taburete, sentí una sensación de dulce mareo y deseo súbito. Y recordé los versos del poeta Lorca dentro de mi pecho: “¡Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas! “
Le entregué la llave, y subió a la habitación. Pasados unos minutos, subí yo. Mi cuerpo ardía de deseo, mientras experimentaba un ligero escalofrío muy placentero.
Al encontrarnos solos en la habitación una fuerza increíble nos lanzó al uno contra el otro, nos desnudamos mutuamente. Yo bajaba lentamente la cremallera de su vestido y recorría con mis dedos su templada espalda, al tiempo que hundía mi cabeza en su cuello y lamía el contorno de sus orejas. Al despojarla de su diminuta braga, apareció un bosquecillo verde de húmeda maleza. Sentí una mezcla de asombro y ternura. Con una explosiva sonrisa me dijo:
Pensé que había dado una respuesta demasiado vulgar, y se lo dije, pero ella me contestó:
Los dos reímos abrazados por varios minutos. Hicimos el amor de una forma apasionada durante varias horas. Me dijo que siempre recordaría el “deshabillé de saliva”, que así llamaba ella a recorrer el cuerpo con la lengua húmeda a golpecitos. Luego cenamos en un restaurante del puerto, y terminamos la noche bailando en “Tito´s “ Al día siguiente, domingo, quise pasarlo con ella, pero me dijo que no podía ser. Junto a la” pajarera”, me dio un apasionado beso y la vi desaparecer tras las espinosas chumberas.
Han pasado treinta años.
Se tornaba roja de vergüenza la tarde, cuando bajaba por la calle de Montera hacia la Puerta el Sol. Me llamó la atención aquella mujer toda vestida de verde, incluido su pelo, apreté el pasó, y ya cerca de ella, toqué su hombro con timidez. Al volver su cara, vi sus verdes ojos, los párpados eran pesados como una sentencia ¡Todavía era bella! Me reconoció al instante y con una voz suave y ahogada me dijo:
Y besando su dedo índice lo llevó a mis labios, me regaló un proyecto de sonrisa, y se perdió despacito por las esquinas de la noche.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y recordé los versos del Poeta
“ El viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.”
JAVIER BUENO