Revista Raíces de Papel Nº 10 ( enero-junio ) 2013

Revista Raíces de Papel Nº 10 ( enero-junio ) 2013
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REVISTA "RAÍCES DE PAPEL" Nº 12 ( 2014 )

lunes, 24 de mayo de 2010

PRESENTAMOS EN LA FERIA DEL LIBRO DE BADAJOZ UN NUEVO LIBRO DOBLE

Javier Bueno,  Juan Calderón,  Manuel Pecellín

DESDE AQUÍ QUIERO AGRADECER AL ESCRITOR Y AMIGO "JUAN CALDERÓN MATADOR" SU APOYO Y ESTÍMULO EN LA EDICIÓN DE ESTE LIBRO Y DEMÁS ANDANZAS LITERARIAS

Durante la celebración de la XXIX edición de la Feria del libro de Badajoz, presentamos el doble volúmen de "Libros Compartidos" "VEINTE HISTORIAS AMABLES MÁS UN GARBANZO NEGRO" de JUAN CALDERÓN MATADOR y "EL ORGASMO FLUVIAL DE LOLITA VALOR Y OTROS RELATOS" DE JAVIER BUENO JIMÉNEZ"
Dicha presentación estuvo a cargó del Catedrático y Escritor de la REAL ACADEMIA DE LA LENGUA EXTREMEÑA D. MANUEL PECELLÍN LANCHARRO, al cual quiero agradecer la detallada y precisa presentación que de mi obra hizo.



























PRESENTACIÓN EN MADRID 9 DE JUNIO



domingo, 25 de abril de 2010

TU NOMBRE...


TU NOMBRE ES SOL EN EL CAMPO,

Y GRITO DE MIL PALMERAS.

QUE CADA VEZ QUE LO NOMBRO,

ES VIENTO DE PRIMAVERA...
Javier Bueno

viernes, 16 de abril de 2010

SÉ QUE NO EXISTO


SÉ QUE NO EXISTO,
camino disfrazado de mi mismo.

No es amable la imagen que me mira
desde la plata del espejo.

Soy tan sólo una máquina,
celeste o infernal,
donde quedan impresas
sensaciones y gestos.

Alguien prende el motor
y camino impulsado
por un control lejano.

Desconozco cual es mi encomienda
y no puedo elegir
la esquina en la que hacer los giros


martes, 16 de marzo de 2010

JAQUE MATE


JAQUE MATE

Fueron muchas las veces
que quisiste olvidarme
sobre mi pavimento plateado.

Ya ves, siempre te gano la partida.
Soy tu copa, la reina,
y tú un pobre borracho.
Me río a carcajadas
ante tanta impotencia.

Es tu aire mi alcohol
 y sin él
se nubla tu memoria.

Acabo de robarte la consciencia
y te llevo a mi mundo una vez más.
Es bastante probable que hoy te borre
la línea de retorno para siempre.

Jaque mate, mi esclavo.
Es tu reina de copas 
                                  
                la que vuelve a ganarte la partida.                                    


 Del Libro "Hoy he sabido que nacerás mujer" Ediciones Cardeñoso Vigo 1998

sábado, 27 de febrero de 2010

CUL DE SAC


CUL DE SAC

Sé que estoy atrapado
en una red de plomo
donde se estrelló mi futuro


Mis pasos me conducen
al punto sin retorno.


Es el ácido tiempo
en el que estallan los segundos
y enferman los deseos.


He buscado refugio
al amparo de un falso techo,
y en la negrura de mi noche
ni a Dios puedo inventar.


( Del Libro "Hoy he sabido que nacerás mujer" Ediciones Cardeñoso Vigo 1998 )

domingo, 17 de enero de 2010

EL RETORNO DE TERRY ROCK


El retorno de Terry Rock

(La raíz de la nostalgia)

Los años cuarenta eran una mala época para un país como España, que trataba de resucitar después de una cruel guerra incivil. José ya no era muy joven y los trabajos no abundaban. Su ingreso en la academia de Bellas Artes de la capital, quedó truncado por la situación vivida en los últimos años de guerra. Sin padres y con un hermano distante, poco le ataba al “terruño”. Sólo la pequeña casita a un kilómetro de la localidad de Betanzos, que su padre construyera hacía muchos años. Pero lo que no podría olvidar nunca, sería el olmo que fue creciendo con él, y en cuyo tronco grabó su nombre y el de Pepita, una novia a la que quiso con locura y que un día se fugó con otro que era más guapo y, sobre todo, mucho más rico.
Había oído hablar de la prosperidad que existía en América y decidió poner rumbo a Buenos Aires, pues sólo el nombre de la ciudad ya prometía el éxito. Vendió la casa y marchó a Betanzos para buscar un fotógrafo, le encargó dos fotos, una del olmo, y otra de detalle del tronco, donde aparecían los corazones grabados. Luego cogió una caja de metal y guardó parte de sus recuerdos. También depositó una botella de brandy añejo que su padre había guardado para celebrar la boda de su hijo. Cavó un hoyo al pie del árbol y enterró la caja. Se puso en pie y contempló el amado paisaje, pensando que volvería. Tomó el pequeño petate e inició su camino al futuro.


Los comienzos no fueron fáciles. Trabajó en lo que pudo hasta que encontró al señor Ángel, un compatriota gallego que, junto a su mujer Julita, le empleó en su pequeña tienda de bolsos y cinturones. José aprendió pronto y bien el oficio, y el negocio iba prosperando gracias al buen hacer de los tres. Esto le permitió a José comprarse una pequeña casita baja con un trocito de jardín, en el emergente barrio de Nueva Pompeya .

Estaba feliz, sentía que su sueño americano se empezaba a cumplir. Había conocido a Carmen y no tardó en casarse. El día de la boda, buscó por todo Buenos Aires una botella de brandy español “Terry” pues era el preferido de su padre, y en su memoria y en recuerdo de la botella enterrada junto al olmo, así quiso que fuese.
El amor no tardó en florecer, y Carmen pronto quedó en estado de “buena esperanza”.
Un parto complicado que no pudo superar, dejó a José viudo con un pequeñín de pelo negro y garganta de tenor, al que puso de nombre Terry. Luego en el colegio, los compañeros le apodaron Rock debido a su admiración por Elvis Presley y el Rock and Roll.
La vida pasaba y Terry se convirtió en un apuesto muchacho, que empezó a hacer sus pinitos en el mundo de la música. Formó su propio grupo. Por la noche, disfrazado de gaucho, trabajaba cantando tangos en un local para turistas del Barrio de La Boca.
Un día llegó su oportunidad al ganar un concurso en la televisión bonaerense y aparecer en primera página de Clarín, como cantante revelación de la década de los ochenta.
Rápidamente, comienza a saltar de escenario en escenario por todo el país. Más tarde por las principales ciudades sudamericanas y por fin, Nueva York. Allí recibe la noticia de que su padre ha sufrido un ataque al corazón. Pero no puede llegar a verle con vida. Maldice al destino sobre su cadáver, por no poderle permitirle regresar a su tierra natal, como había deseado para pasar la vejez en las verdes tierras gallegas.
Terry tuvo que continuar con sus compromisos de gira por Norteamérica. Pero una noche, mientras descansaba en el hotel, sintió un fuerte deseo de volver al pueblo de su
progenitor. Pero no lo haría solo, exhumó el cuerpo del padre y lo incineró, llevando las cenizas con él hasta la localidad de Betanzos, allí buscó la casita familiar, ya no existía, pero sí el frondoso olmo que parecía dominarlo todo. Compró el terreno y cavó hasta encontrar la caja de lata, que apareció medio deshecha y oxidada. Allí estaba también, con la etiqueta enmohecida, la botella del brandy “Terry”. Junto a las cenizas la descorchó, y una vez enterradas éstas, al pie del olmo, alzó la botella y bebió ¡Por ti Padre, ya estás en casa!

domingo, 3 de enero de 2010

LOS BESOS



Esta Navidad he recordado una vieja canción de Victor Manuel que dice:
¿ A dónde irán los besos que guardamos,  que no damos...?
Hay tantos besos olvidados que se podría abrir una oficina de "Besos Perdidos". Seguro que habría cola .
Porque, ¿ A quién no se le ha perdido alguna vez un beso ? O se ha dado cuenta que lo necesitaba como el comer, y no llevaba ninguno en el bolsillo en ese momento. Los besos que no se dan, no pueden recuperarse, se pierden para siempre al igual que la flor tronchada nunca florecerá. He comenzado el año con sabor a uvas y cava, pero sin un mal beso que llevarme a la boca, y esto es ya hambre atrasada. Un mal comienzo...





domingo, 27 de diciembre de 2009

NOCHE DE REYES (con permiso de Sir William)




Noche de Reyes 
(con permiso de Sir William)



Supongo que el título de este relato que se sustenta en el recuerdo, no molestará a Sir William Shakespeare. Pues salvando las distancias solo tendrá en común con su obra, el título. Faltaría más,  después de todo la “Noche de Reyes” es patrimonio de la humanidad, o quizás solo de los niños buenos, o quizás no ... o tal vez de los que aún pueden o quieren sentirse como niños y creen que la magia es posible.  



La Noche de Reyes más antigua que archiva mi memoria, se remonta al paso del ecuador de la década de los cincuenta. Recuerdo el olor a musgo y serrín que emanaba del belén, protagonista absoluto del pequeño cuarto de estar. Todo el mundo estaba interesado en que me fuera a dormir. Yo deseaba hacerlo, pero quería estar seguro de que todo estuviera en orden. El pan para los camellos y las copitas de anís para sus Majestades. Una vez supervisado todo, daba un beso a cada uno de los presentes, me ponía el pijama y a dormir. Pero no sabía lo que pasaba, por mas que apretaba los ojos, no podía conseguirlo. Me angustiaba la idea de que pasaran las horas, y al estar despierto pasaran de largo los Reyes. 


No me trajeron nunca el “Cheminova” ese juego de experimentos de química, que año tras año incluía en la carta. Claro que gracias a Dios que fue así, y hoy puedo escribir estas líneas.



El primer regalo que recuerdo, es una caja de compases de color negro, en cuyo interior forrado de terciopelo morado, lucían como joyas los distintos elementos de dibujo. El exterior de la caja estaba un poco rozado, y como yo siempre reparé en los detalles, le pregunté a mi padre, porque estaba así. Recuerdo que me respondió, que al sacarlo, tal vez se cayó al suelo y un camello lo pisó. Yo no me quedé muy conforme, pero acepté la respuesta.



Ahora, me traen  lo que quieren, pero nunca lo que les pido. Los regalos que a mí me  gustan son los que no se pueden envolver en papel. Paz, amor, salud, el  fin de la violencia en el mundo, poder limar los picos que pueden herir a otros. No se  porqué, nunca me hacen caso, pues la verdad es que yo me siento todavía como un niño. 
Javier Bueno  
                                          
                                                                                                 


domingo, 20 de diciembre de 2009

LA NAVIDAD DE CHENCHO

Foto: http://cinefiloenmascarado.com


La Navidad de Chencho


Hoy he pasado por la Plaza Mayor de Madrid, he soñado en blanco y negro y han vuelto las imágenes de ese abuelo gritando con desesperación el nombre de su pequeño nieto perdido, ¡Chencho!… ¡Chencho!

El inolvidable Pepe Isbert con su particular voz, nos metía el corazón en un puño, contagiándonos su angustia. Luego en el reencuentro con el pequeño, respirábamos todos tranquilos y volvíamos a retomar el turrón y la zanbomba con toda la familia y el padrino (José Luis López Vázquez), que este año tampoco podrá asistir a la cena de Navidad.

De pronto desperté por los gritos de la "bulla", esa masa enloquecida cuyo fin no es disfrutar ni conmemorar nada. Atados a su primitivismo cavernario, su fin es beber, armar ruido y molestar a todo el mundo. Se colocan pelucas de color "pito verbena" o cuernos de alce luminosos, y lo invaden todo de forma compulsiva, sin importarles si es Navidad o Carnaval.

Hartos de si mismos, la emprenden con cualquier retrovisor, o los sufridos cubos de la basura que patean y vuelcan su contenido. Todo ha cambiado mucho, demasiado… falta tiempo para no sabemos que y sobran muchas sillas en la mesa de Navidad. Y siento que Chencho, soy yo.

Javier Bueno


lunes, 14 de diciembre de 2009

DEDICADO A TÍ



Siempre estarás en cada momento:

En los que no se olvidan, en los más amargos, y en los más dulces...


De niño construía cometas, con tus hilos de colores, sin saber que el viento puede ser vendaval, y nos arrastra hacia lo invisible.


Quiero volver a ser niño y revivir las dulces tardes de batidos de fresa y sueños en Technicolor, de sesión continua, para ver una y otra vez la película de nuestras vidas

Saltar sobre las olas con las sandalias transparentes, y llenar el cubo de sonrisas y nácar.

Pisar el Mediterráneo, esperando al capitán que viene de blanco

desde el séptimo cielo en su corcel de nubes para trotar sin parar sobre las espuma de los días.


No me gusta el albero salpicado de sangre, pero si los caballos

con coronas de helechos.

Va cayendo la tarde, la gris, la que dobla las espaldas y empuja las agujas contra la piel desnuda, la que deja sin norte a todas las brújulas, la que nos seca la garganta y apergamina los labios, sedientos de tan solo una gota de ánimo.

Soledad sobre el lecho, sobre el fondo de armario, donde reposa tu abrigo sabedor del desguace.


Es como mirar al cielo esperando la lluvia

Sin saber que la lluvia mana de tus ojos.

Es tiempo de sequía, de mirar a lo alto.

lunes, 30 de noviembre de 2009

A JUDY GARLAND , IN MEMORIAN





Una hilera amarilla de baldosas condujeron a Judy hasta el país de Oz. No es cierto, como se ha dicho, que allí encontrara a un sonriente hombre de paja, ni a un león blandito, ni a un ser de lata con el corazón bondadoso. Muy pronto supo Judy que todo aquello era mentira, incluso las baldosas. El mundo al que realmente había llegado era duro y hostil como ninguno. Supo tanto de soledad y explotadores como de luces y oropeles, de noches de estreno y de glamour. Su fragilidad se fue esparciendo por hoteles de lujo, sin conseguir vivir para sí misma el papel de niña feliz que debía interpretar para el cine.

La engañaron con el cuento de haber nacido estrella, hasta que un día de junio, cansada de mentiras, Dorothy voló de verdad por el firmamento. Atrás dejó su terrenal país en blanco y negro. Aquel día encontró por fin el arco iris verdadero y su propia sonrisa, perdida hacía años.

A veces los caminos nos llevan a otra parte.

Javier Bueno, del libro "Hoy he sabido que nacerás mujer" (Ediciones Cardeñoso, Vigo 1998)

viernes, 20 de noviembre de 2009

LA NOCHE SE HIZO CENIZA

Este relato está dedicado a la tía Emilia y a su limpia sonrisa que la acompañó toda la vida. Disfruté de su compañía cada vez que la vi, y no fueron muchas. Pero recuerdo que de niño le hice ver en el Cine Metropolitano de la Avenida de Reina Victoria de Madrid una tarde de jueves, la película "Los amantes del desierto" (Carmen Sevilla y Ricardo Montalbán), lo menos tres veces. Un día, hace más o menos un año recibimos la noticia de que había muerto, no nos hemos preocupado de saber dónde descansa.
A EMILIA BUENO IN MEMORIAM

Y LA NOCHE SE HIZO CENIZA...


Hacía mucho tiempo que no visitaba a la tía Emilia en Medinaceli (Soria) . Siempre la recordaré con su excelente humor y la sonrisa florecida en su rostro. De niño, recuerdo que cuando venía a Madrid (a comprarse ropa en "Vestimenta" como ella decía), era todo un acontecimiento familiar. A mi particularmente me suponía una buena propinilla, y un par de cines extras en el corto tiempo que pasaba con nosotros. Aquellos días, se transformaban en un peregrinaje de tienda en tienda buscando los vestiditos para la tía.

Ese es muy “mono”, el otro te tira de las sisas, el marrón no, que se parece a uno que tiene la Pascualina. El verde poniéndole unas tiritas de pasamanería de las que venden en Pontejos, estaría precioso. Este era más o menos el lenguaje de mi particular “safari textil”. Lo de las compras no me gustaba mucho, menudo tostón. Pero al final, tenía siempre mi premio. Unas tortitas con nata o unos cuantos tebeos compensaban las esperas de probador en probador. Pero hacía mucho tiempo de aquello. Pronto volvería a ver a la tía, que en realidad era prima hermana de mi padre.

Unos amigos me animaron para hacer una excursión, con motivo de las fiestas del “Toro Jubilo” , un rito ancestral de tortura a un animal, consistente en la colocación de bolas de alquitrán en las astas del toro. Posteriormente, el animal es embarrado por todo el cuerpo para que las gotas de la pez incandescente no le lastimen ¡Todo un detalle!

Luego se prende fuego a las bolas y el morlaco, aterrado por las llamas , corre despavorido sin saber en qué dirección por la improvisada plaza, donde los jóvenes “más valientes”, corren delante o detrás hostigándole. Esta fiesta se complementa con “El paso del fuego”, que realizan algunos expertos del también pueblo soriano de San Pedro Manrique. Sobre un par de metros de brasas , caminan llevando ( a caballito) a otro compañero.

Llegamos al pueblo de Medinaceli en una fría mañana de la mitad de noviembre. La tía Emilia, como siempre, nos recibió con su mejor sonrisa.

Dimos una vuelta por el pueblo recordando la niñez. Visitamos el arco romano donde hacía ya treinta años, otro fuego más pacífico, el de la antorcha olímpica de Méjico 68, descansó en tierras sorianas, y que pude vivir en directo gracias a mis tíos Enrique y María Luisa. Recorrí los cerros por donde la leyenda cuenta que Almanzor enterró un gran tesoro.

Degustamos los dulces del convento de las monjas, y vimos la fabricación de sus magníficas alfombras de nudo hechas a mano.

Llegó la hora del festejo y lo contemplé con dolor y vergüenza. Miraba a la gente gritando y bebiendo, portaban antorchas de paja y parecía una estampa ancestral. A mi tía no le gustaba mucho, pero al verlo todos los años desde niña, le parecía algo imprescindible.

El toro arremetía contra las tablas y las gotas incandescentes bañaban su lomo, cuanto más corría, más se avivaba el fuego. Sus mugidos eran gritos de pavor. Al final el fuego se apagó, y el animal se desplomó exhausto en un rincón. Las antorchas y el aguardiente también se fueron consumiendo. Y la noche se hizo ceniza ...


viernes, 6 de noviembre de 2009

LA VERDERONA








LA VERDERONA







La vi por la calle de Montera, caminando por la acera con destino al “más allá”


Amanecía una templada mañana de abril de 1969 sobre la isla de Mallorca. Las esfinges del Paseo del Borne de Palma agradecían sobre sus pétreos lomos los primeros rayos de sol. Los sillones de mimbre de la cafetería Antonio invitaban al reposo, y a comenzar el día con un buen café con leche y una crujiente y templada ensaimada como sólo allí puedes disfrutar. Y así comenzó el día, en toda regla, con un flamante desayuno. Era delicioso sentir los tibios rayos de sol tempraneros, y ver cómo poco a poco se desperezaba la ciudad, llenándose el paseo de transeúntes y cantos de pájaros. Estaba en viaje de trabajo, pero había llegado anticipadamente para disfrutar del fin de semana en la isla. Me alojaba en un pequeño hotel de la calle Jaime III., que se asomaba a los típicos soportales. Por fin llegó mi desayuno, aromatizado por la recién horneada ensaimada. Me disponía a cortarla, cuando una cálida y sensual voz me dijo:

  • ¿Gallego, me das un pedacito de ensaimada?

Levanté la vista y allí estaba ella, no se como describirla ¿Rita Hayworth? No, no se parecía a ella. Pero creo que sentí la misma sensación que Glenn Ford cuando la vio por primera vez en Gilda. Pelo largo castaño claro con tonos dorados, un vestido de distintas tonalidades verdes, y falda con vuelo en varias capas. Su cuerpo de perfectas proporciones, no excesivamente bronceado, daba realce a unos ojos verdes ensoñadores. Sus delicados pies, se refugiaban en unas pequeñas sandalias plateadas, que dejaban asomar unos frágiles dedos cuyas uñas estaban pintadas de un chocante verde esmeralda. El pecho no era muy grande, pero reclamaba su protagonismo a través del amplio escote.

  • ¡Yo no soy gallego, soy madrileño!
  • Es igual, yo soy argentina y para mí, todos sos gallegos.
  • Bueno pues entonces soy gallego de Madrid, y me llamo Enrique, estoy en Palma pasando el fin de semana por motivos de trabajo.
  • Yo soy Verderona, y vivo aquí también por motivos de trabajo. Veinticuatro horas de disponibilidad, como la “RENFE” y las funerarias.
  • ¡Te llamas Verderona!
  • Bueno digamos que es mi nombre artístico, me lo puso un industrial catalán que ya no viene por la isla. Tenía una corsetería de lujo, la mejor de Palma. Pero la quitó hace un par de años. Me dijo que mis ojos eran verdes como el agua de “La calobra”, y como siempre me gustó el verde, me puso Verderona y ya no me encuentro con otro nombre. El verderón es un pájaro, y como vivo en una pajarera, pues soy una pajarita. Además adoro el verde, en todo y sobre todo.
  • ¿ Qué quieres decir con que vives en una pajarera?
  • Mira (,) vivo en un hotelito cerca del Castillo de Bellver y es como una pajarera, bueno todo el mundo lo conoce por ese nombre que le viene que ni pintado. Tengo varias compañeras : Mirna que es canaria, Lorena, cubana, Conchita “ la cotorrita” porque habla muy deprisa, La “urraca”, que no te deja nunca nada y todo lo tiene escondido, la “mirla” que canta muy bien. Y doña Rosa que es la “cacatúa”. Aquí hay un dicho entre los hombres, que se ha hecho famoso, le preguntas a alguien, ¿A dónde vas? Y te contesta: A la “pajarera” a aflojar la cartera... Me hizo sonreír, y mientras la contemplaba, deseé besarla.

Pero de momento, me conformé con invitarla a desayunar. Hablaba y hablaba sin parar. Yo la miraba embelesado con la punta de la nariz blanca del azúcar “glass” de la ensaimada, ella en un momento de su animado monólogo, mojó su dedo en saliva y lo pasó por mi nariz para luego llevarlo a su boca.

  • Enrique, sos una persona dulce, muy dulce... como los que me prescribe mi doctor.
  • Si, sobre todo en la nariz, ja,ja,ja
  • ¿Cuántos años tenés?
  • Veinticinco cumpliditos en marzo.
  • Pero si sos un pibe pececito..., porque claro serás piscis ¿no?
  • Pues sí, diste en la diana
  • Yo podría ser tu mami., ya cumplí veintisiete

Verderona rió de una forma muy sensual, Enrique tomó sus manos y se fijó en un pequeño anillo con una esmeralda que llevaba en la mano derecha. Mirándola profundamente a los ojos, le dijo

  • Yo quiero cometer incesto

Ella respondió:

  • ¿En la pajarera?
  • ¡No, alquilaremos la suite más bella de Palma!
  • Creo que no es buena idea, te sentirías como el muchacho ése de esa película...
  • ¿El Graduado?
  • ¡Síiii!, ese boludo patoso
  • Me encantó, Dustin Hoffman estaba genial en esa película.

Acordaron verse por la tarde en el hotel donde se alojaba Enrique. Verderona debía fichar en cierta manera, y cambiarse de ropa. También quería tomar una ducha que la liberara de caricias y risas ajenas.

Serían las seis de la tarde cuando ella atravesó el pequeño hall del hotel, cortando el aire como con una espada de lilas. Sus zapatos verdes acharolados, de fino tacón, se hundían en la mullida alfombra de nudo. Llegó al bar y pidió al camarero un “Pipermín Frappé”, al servirle la copa la miró con deleite, recorriendo con la punta de la lengua el borde y arrastrando el azúcar que tenía pegada.

Al verla sentada con otro vestido verde sobre aquel taburete, sentí una sensación de dulce mareo y deseo súbito. Y recordé los versos del poeta Lorca dentro de mi pecho: “¡Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas! “

Le entregué la llave, y subió a la habitación. Pasados unos minutos, subí yo. Mi cuerpo ardía de deseo, mientras experimentaba un ligero escalofrío muy placentero.

Al encontrarnos solos en la habitación una fuerza increíble nos lanzó al uno contra el otro, nos desnudamos mutuamente. Yo bajaba lentamente la cremallera de su vestido y recorría con mis dedos su templada espalda, al tiempo que hundía mi cabeza en su cuello y lamía el contorno de sus orejas. Al despojarla de su diminuta braga, apareció un bosquecillo verde de húmeda maleza. Sentí una mezcla de asombro y ternura. Con una explosiva sonrisa me dijo:

  • ¿No te lo imaginabas así verdad?
  • Pues la verdad..., no. Es el primero que veo así... tan verde.

Pensé que había dado una respuesta demasiado vulgar, y se lo dije, pero ella me contestó:

  • Bueno, yo entiendo que resulte chocante, pero te diré que alguien me dijo una vez una gran ordinariez.
  • ¿Y que fue, si me lo quieres contar?
  • Pues me dijo..., que nunca lo había probado con perejil. Que era como “almeja” a la marinera.

Los dos reímos abrazados por varios minutos. Hicimos el amor de una forma apasionada durante varias horas. Me dijo que siempre recordaría el “deshabillé de saliva”, que así llamaba ella a recorrer el cuerpo con la lengua húmeda a golpecitos. Luego cenamos en un restaurante del puerto, y terminamos la noche bailando en “Tito´s “ Al día siguiente, domingo, quise pasarlo con ella, pero me dijo que no podía ser. Junto a la” pajarera”, me dio un apasionado beso y la vi desaparecer tras las espinosas chumberas.

Han pasado treinta años.

Se tornaba roja de vergüenza la tarde, cuando bajaba por la calle de Montera hacia la Puerta el Sol. Me llamó la atención aquella mujer toda vestida de verde, incluido su pelo, apreté el pasó, y ya cerca de ella, toqué su hombro con timidez. Al volver su cara, vi sus verdes ojos, los párpados eran pesados como una sentencia ¡Todavía era bella! Me reconoció al instante y con una voz suave y ahogada me dijo:

  • Gallego... ya no puedo tomar ensaimadas, tengo el azúcar muy alto.

Y besando su dedo índice lo llevó a mis labios, me regaló un proyecto de sonrisa, y se perdió despacito por las esquinas de la noche.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y recordé los versos del Poeta

“ El viento dejaba

en la boca un raro gusto

de hiel, de menta y de albahaca.”


JAVIER BUENO

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